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Marieke Lucas Rijneveld – La escritura y la mirada. 

Marieke Lucas Rijneveld se convirtió, a los 29 años, en el ganador más joven del premio Booker Internacional y sólo ligeramente mayor que el ganador más joven del premio Booker, la escritora Eleanor Catton, que tenía 28 años cuando se le otorgó el premio por su novela Las Luminarias en el año 2013.

Marieke Lucas Rijneveld / Ilja Keizer

Vida y escritura

Además de ser la persona más joven a la que se le otorgó el premio, Rijneveld fue el primer autor en obtenerlo para un escritor nacido en los Países Bajos. Se le otorgó por la novela La inquietud de la noche, su primera novela, que con la segunda Mi querida favorita, forma un díptico que, partiendo de experiencias traumáticas de la vida del autor, ofrecen un sorprendente y perturbador ejercicio sobre el punto de vista en la narración literaria y la autoficción.

En el momento actual, la autoficción parece ser un género muy presente en diferentes disciplinas (literatura y cine como ejemplos predominantes). Tan presente, que a veces la sensación del receptor de las obras es que cada vez queda menos espacio para la sorpresa, que el género no es capaz de ofrecer mucho más que la narración y reflexión simultánea de las situaciones vividas, imaginadas, o incluso en muchos casos pervertidas, por el autor-narrador que las expresa. Algunas literaturas, como la francesa, siendo muy proclives al género, no siempre han proporcionado autores que sepan combinar los recursos de éste con la originalidad que muchas veces esperamos como lectores.

El caso del autor que nos ocupa se presenta como una fresca y sugerente excepción a lo anterior. Utiliza situaciones y experiencias – traumáticas en su mayoría, como algunas que comentaremos más adelante-, para desarrollar protagonistas muy próximos a la persona que fue durante su infancia y adolescencia. Suministra píldoras que nos permite identificar al autor en sus personajes, provocando una lectura terriblemente perturbadora, dejando abiertas al lector las preguntas que éste se plantea sobre la veracidad de lo que se narra y se sugiere. Y todo esto lo realiza mediante unas voces narrativas muy atrevidas, tanto por lo expresado y en qué tono, así como por el sujeto escogido para expresarlo – sujetos incómodos, sobre todo en su segunda novela, como también veremos.

Es necesario empezar citando algunas de esas situaciones y experiencias vitales a las que el autor aludirá en el juego de espejos que nos plantea en sus obras.

Marieke Lucas Rijneveld nació en los Países Bajos. Su familia posee y gestiona una granja de vacuno en la que pasó su infancia. El ambiente familiar era marcadamente religioso (la familia pertenece a una comunidad protestante reformista), siendo la religión un elemento siempre presente y director de la educación de los niños. A lo anterior se unía la dureza del ambiente agrario y ganadero, siempre muy proclive a verse afectado por epidemias, cambios meteorológicos, vaivenes del mercado, y cambios legislativos que no suelen tener en cuenta a los principales afectados. Todo esto sería suficiente para calificar la infancia de los hermanos Rijneveld como dura y difícil; pero la familia fue golpeada por una tragedia mayor: la muerte de uno de los hijos – el hermano mayor – cuando el autor tenía tres años.

LA INQUIETUD DE LA NOCHE – Una mirada al abismo

Portada de «La inquietud de la noche»/ Editorial Temas de Hoy

Como hemos mencionado, con esta novela Marieke Lucas Rijneveld se convirtió en el año 2020 en la persona más joven en recibir el prestigioso Premio Booker Internacional. Crudo relato de las consecuencias de una tragedia repentina, que aniquila los cimientos de una vida profundamente anclada en unos rígidos principios religiosos, la novela describe muy gráficamente el devastador descenso a la oscuridad que supone para todos los miembros de la familia la pérdida de uno de sus miembros.

Cuando Matthies muere ahogado justo antes de Navidad, la familia entra en una espiral de destrucción y culpa cuando trata de lidiar con el duelo: Jas, la narradora protagonista, se aferra a una serie de rituales que le ayuden a comprender la muerte de su hermano; la madre se va desdibujando figurativamente, ansiando su desaparición, con un sentimiento de odio hacia sí misma que la empuja a dejar de comer; el padre se distancia aún más, si cabe, de unos niños que vagan sin rumbo ni acompañamiento por el ya de por sí solitario camino que conduce de la infancia a la adolescencia; Obbe, el hijo mayor, se rodea de un halo de crueldad y muerte que roza la psicopatía; y la más pequeña de la familia se inicia en la sexualidad a través de unos episodios macabros y perversos de la mano de sus dos hermanos. En la novela, por tanto, el autor se inspira en la muerte de su propio hermano, y parte de este dato autobiográfico para expandir la realidad mediante la ficción y poder profundizar en el tejido de esta nueva realidad.

Al principio de la novela, Jas – la voz narradora – le pide a Dios que se lleve a su hermano Mathies en vez de a su conejo, cuando prevé que a este último le va a llegar el momento de convertirse en alimento para la familia y dejar de ser una mascota. Cuando la tragedia de la muerte de su hermano ocurre, Jas no puede evitar el sentimiento de culpa y desear que Dios no le hubiera hecho caso y que se hubiera llevado al conejo (y aún espera que su hermano regrese). Este sentimiento de culpabilidad tiene en la novela fuertes raíces e implicaciones religiosas. En el caso de Jas es la culpabilidad por el pecado de haber deseado la muerte de su hermano, donde Dios ha otorgado lo deseado como castigo a ese mismo deseo. Pero Jas siente que el castigo aún no ha terminado, no está completo, que sólo ha cumplido una primera parte de la penitencia obligatoria, y se descubre siguiendo a sus padres a todas partes para vigilar e intentar evitar que estos también se mueran – como si con su presencia pudiera evitar el siguiente castigo divino. El sentimiento de culpabilidad también es vivido por sus padres, siendo para ellos la muerte de su hijo el castigo por un aborto llevado a cabo cuando su relación aún no estaba bendecida por la iglesia – hecho que descubrimos a la vez que Jas durante una conversación privada que estos mantienen cuando creen que están solos-. Pero ellos se enfrentan a su culpabilidad de manera diferente: la madre empieza a rechazar el contacto físico con toda la familia, como una manera de alejarse de la vida y de todo lo que la rodea; mientras que el padre rechaza la felicidad y afirma que esta no es para ellos, y que la pobreza y la miseria están siempre a punto de entrar en la casa.

Todas las culpabilidades anteriores tienen un carácter intrínsecamente religioso, que se muestra tanto por la causa como por la reacción de los protagonistas a esa culpabilidad (valgan como ejemplo las mortificaciones que la propia Jas se infringe durante toda la novela). No queda claro al lector si la intención del autor es provocar el rechazo a la recurrente explicación religiosa de la familia protagonista, o más bien mostrar lo enraizada que está la religión en el entorno familiar.

También es muy singular la visión sobre la muerte -infantil, un juego macabro- que van adquiriendo los niños, cuando intentan reflejar o reproducir la muerte de su hermano: como la escena en la que ahogan un ratón en un vaso de agua, o los repetidos “intentos” de ahogar a la hermana pequeña.

Añadido a la opresión religiosa recibida por su padres y la comunidad, la visión que Jas ofrece de su vida familiar es completamente indiferente a los niños como personas, a sus opiniones o intereses, lo que Jas expresa por ejemplo en su deseo de atornillar a su padre al suelo para que haga “…dos cosas: mirar y escuchar, sobre todo escuchar…”. Los hermanos han aprendido desde pequeños que Dios está omnipresente en todo: ambiente, problemas, culpas, comportamientos; pero Jas, aún no siendo capaz de comprenderlo, si es capaz de verbalizar las causas del problema: “…crecemos con la palabra, pero cada vez en la granja se habla menos….”. Jas presenta incapacidad para verbalizar sentimientos y acciones humanas (compara en repetidas ocasiones a personas y situaciones con el ganado y otros animales), incapacidad provocada por su relación con sus padres, distantes y que no hablan de nada humano que no sea pecado y sufrimiento. Como reacción a este silencio que la rodea Jas crea sus propios medios de expresión, dotándolos de significado y metáforas propias, con un estilo poéticamente salvaje. La sensación de desamparo es constante, y se expresa mediante la visión poética del autor: “En la pérdida nos encontramos a nosotros mismos, nos vemos tal cual somos: seres frágiles como crías de estorninos desplumadas, que de vez en cuando caen del nido y esperan que las vuelvan a recoger”

Los niños, educados en este ambiente que impone las respuestas coercitivas del dogma religioso, pero que no propone el diálogo ni explicación sobre esas mismas respuestas (lo que sería muy peligroso, por supuesto. para cualquier visión dogmática), no tienen más remedio que suplir la falta de ese diálogo necesario con su propia visión y explicación del mundo – porque son huérfanos de educación emocional -, lo que les lleva a traspasar los límites de la ética, la razón y la cordura. Viven forzados a aceptar la inquietud como su estado natural (“en la inquietud es cuando somos auténticos”), poniendo a prueba los límites naturales de su cuerpo, mirando dentro del abismo para encontrar que lo que ve sólo se puede expresar de manera grotesca, brutal, con crudeza, visceralmente, porque ahí estamos todos en carne viva: “Tengo una mariposa ahogada dentro de mi” – expresa Jas.

“La muerte no tiene familia, por eso siempre anda buscando cuerpos nuevos, para dejar de estar sola durante un tiempo, hasta que su acompañante está bajo tierra y entonces se busca otro.”

La inquietud de la noche

MI QUERIDA FAVORITA – La mirada desde el abismo

Portada de «Mi querida favorita»/ Editorial Temas de Hoy

En su siguiente novela, la autora continúa con la personificación/reflejo de su propia vida. Conociendo la obra anterior, es inevitable pensar que en la presente Jas es también el personaje femenino protagonista (¿y quizá también otra vez alter ego de la propia autora?). Provoca desasosiego en el lector el preguntarse qué parte es ficción y qué parte confesión en estas dos narrativas. ¿Quién nos habla realmente desde estos dos libros? ¿Está la autora, con sus cambio de punto de vista, intentando entender algo que nos confiesa secretamente, y que nosotros lo entendamos con ella? ¿O el intento es por comprenderse a ella misma, y que nosotros la comprendamos también por tanto, mirándose desde el otro? La importancia del cambio de punto de vista es probablemente lo más atrevido y chocante de esta segunda novela. En ella se nos narra la relación entre un hombre adulto – posiblemente el mismo veterinario de la primera novela – y una preadolescente – también posiblemente la Jas de la primera novela, unos años más tarde. Y la voz que escuchamos, la que nos cuenta la historia, al que oímos deseando, seduciendo, sufriendo incluso cuando los celos se presentan, es al hombre mayor, al adulto, al seductor, al pederasta.

¿Se busca la autora a sí misma esforzándose en ver cómo la buscaban y veían otros? Es fácil (y tranquilizante para nosotros, los lectores) suponer que todo es ficción; y también es muy fácil afirmar lo contrario (y aquí es donde nos perturba este texto). Pero independientemente de lo anterior, igual que la empatía nos fuerza siempre a acercarnos en lo que leemos a todas las voces que se nos muestra – incluso a las que están silenciosamente presentes -, el juego de espejos de la novela nos hace dudar sobre cuál es realmente el punto de vista que nos está mostrando la lectura y que se nos quiere mostrar. ¿Es este el de la voz que habla a la preadolescente primero, y mujer joven más adelante?, ¿el de la propia autora mirando al personaje que la mira?, ¿el de esta misma autora vista a través de los ojos de un adulto que la desea?

Los apuntes que relacionan la historia de la novela con la propia vida del autor siguen estando presentes: escuchamos al narrador decir que, igual que aquel, la protagonista copió entero el primer libro de la serie de Harry Potter en su ordenador; y que también como aquel, utiliza el ordenador para jugar al conocido juego Los Sims, con sus vidas de reemplazo (¿Salida o escapada de la autora y la protagonista a otro universo donde diseñar otra vida en la cuál se pueda tener más control que en la real?).

La religión también sigue teniendo su importancia, y muestra su presencia esta vez a través de la reinterpretación, adaptación – o más bien modificación – por la voz que habla, de textos religiosos como himnos, cartas y salmos para utilizarlos en las situaciones que enfrentan los personajes, lo que sigue mostrando el trasfondo religioso de la comunidad.

Es notable la ausencia de la madre, como si ésta hubiera cumplido el deseo de desaparición que se nos anunciaba en la novela anterior – pero no se da ninguna explicación sobre la misma -, así como referencias al “perdido”, el hermano ausente. Esto aumenta en el lector la sensación de estar asistiendo a la continuación de lo que se nos contaba en la primera novela.

La referencia a “magistrados” que se repite a lo largo de la novela, nos lleva a pensar que podemos estar asistiendo a una parte de un proceso judicial – algo similar a Lolita, de Nabokov, quizá la novela más famosa en torno a una situación parecida.

A medida que avanzamos en la novela, los lectores nos damos cuenta que la narración acontece en diferentes estadios temporales que se entremezclan, y que probablemente todo esté contado desde el último, el final de la historia.

Al finalizar el libro, nos queda sin respuesta la pregunta de qué llevaría a su autor a ponerse en la mente de un pederasta, si fue la necesidad de comprender, de traspasar los límites socialmente impuestos sobre lo que es pecado y depravación, o la de jugar peligrosamente con el lado prohibido, y llegar al extremo mediante un viaje mental.

Tomadas en conjunto, en las dos novelas el autor se atreve a mirar a varias caras del abismo, y como diría el filósofo, el abismo le devuelve la mirada.